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Correo UNESCO: Días que prefiguran el año

Celebración del Naurôz (Año Nuevo) en Kirguistán, 21 de marzo. © ICHHTO, 2015

Los pueblos primitivos dividían el tiempo en períodos de calor y frío, de sequía y de lluvia, de siembra y cosecha; pero en una época muy temprana de la historia, esas divisiones condujeron a la idea de un ciclo temporal y, en consecuencia, al concepto del «año»

por Mircea Eliade

La fecha del comienzo del año variaba de un país a otro y, según las épocas, se introducían constantemente reformas al calendario para hacer coincidir el sentido ritual de las fiestas con las estaciones a las que debía corresponder.

En las sociedades más primitivas, el Año Nuevo equivale al levantamiento del tabú de la nueva cosecha, que entonces se proclama comestible para toda la comunidad. Esto quiere decir que las “divisiones de tiempo” se determinan por los ritos que gobiernan la renovación de las reservas de alimentos, o sea los ritos que aseguran la continuidad de la vida de la comunidad entera. La adopción del año solar como unidad de tiempo es de origen egipcio. La mayoría de las otras culturas históricas (entre las que se cuenta Egipto hasta cierta época) tenían un año solar y lunar a la vez, de 360 días (o sea 12 meses de 30 días cada uno), a los cuales se añadían 5 días suplementarios llamados “dias intercalares”.

No obstante, ni la movilidad del comienzo del nuevo año (marzo – abril; 19 de Julio como en el Egipto antiguo”; septiembre; octubre; diciembre-enero, etc.) ni la diversidad de la duración atribuida al año por los diferentes pueblos han podido rebajar la importancia dada por todas las naciones al fin del período de tiempo y al comienzo de una época nueva. Este concepto del fin y del comienzo de un período temporal formaba parte de una idea más vasta: la de la regeneración periódica de la vida que implica una nueva creación o sea una simbólica repetición de la cosmogonía. La idea de una creación periódica estaba vinculada con la de una regeneración cíclica del tiempo.

Abolición del tiempo pasado

El fin del año estaba marcado por varios ritos: Ayuno, abluciones colectivas y purificación; extinción del fuego y su reanimación ceremonial en la segunda parte de la fiesta; expulsión de los espíritus demoníacos mediante ruidos, gritos, golpes, o bajo la forma de un animal (el chivo de los israelitas) o de un hombre (Mamarius Veturius, en Roma), considerados como el vehículo material en el que los pecados de la comunidad eran transportados más allá de los límites del mundo habitado. A menudo, se celebraban combates ceremoniales entre dos grupos de actores o se efectuaban orgías colectivas o procesiones de hombres enmasca- rados que representaban ya sea los espíritus de los antepasados o ya los propios dioses.

En muchos lugares, existe aún la creencia de que al finalizar el año, vuelven a la tierra los espíritus de los muertos y visitan a los hombres. Estos les colman de honores durante varios días, transcurridos los cuales les conducen en procesión a las afueras de la aldea, donde les conjuran a alejarse. En este tiempo, se celebran las ceremonias de iniciación de los jóvenes. (Esta costumbre se encuentra, por ejemplo, entre los japoneses, los indios Hopi, ciertos pueblos indo- europeos y en otros países).

Un combate fabuloso termina con el Caos

Es raro, naturalmente, que se presenten todos estos elementos reunidos a la vez. En ciertas sociedades predominan las ceremonias de extinción y reanimación del fuego; en otras, la expulsión de los espíritus demoníacos y de las enfermedades, mientras en determinados lugares se da preferencia a la expulsión de la “víctima expiatoria” en forma animal o humana. Pero el sentido de toda la ceremonia como de sus diversos elementos constitutivos, es suficientemente claro: cuando sucede esta división del tiempo que es el año, asistimos, no solamente a la cesación efectiva de un intervalo temporal y al comienzo de otro, sino también a la “abolición” del año precedente y del tiempo pasado.

Este es el sentido igualmente del rito de la purificación efectuado para quemar o consumir los pecados y errores del individuo y de la comunidad entera que posee además una intención regeneradora. La regeneración, como su nombre lo indica, es un nuevo nacimiento. La expulsión anual de los pecados, enfermedades y espíritus demoníacos, es esencialmente una tentativa para restaurar el Tiempo primordial, el Tiempo “puro”, o sea, en otras palabras, el “instante de la Creación”. Cada año nuevo es una reanudación del tiempo desde el comienzo, es decir, una repetición de la cosmogonía, u origen del universo. Los combates rituales entre dos grupos de actores, la vuelta de los muertos a la sociedad ordinaria de los hombres, las saturnales y las orgías, son otros tantos elementos que denotan que, al finalizar cada período anual, y en el momento de espera del Año Nuevo, se repiten los momentos míticos del paso del Caos a la Cosmogonía, o al Cosmos ordenado.

El ceremonial con que se celebra el Año Nuevo en Babilonia el akítu es decisivo al respecto y su origen se puede hallar en la más remota antigüedad. Su ideología y su estructura ritual existían ya desde comienzos del tiempo de los sumerios, y ha sido posible identificar el sistema del akítu desde la época de Akkad, en la Edad de Bronce. Estamos así en presencia de documentos de la más antigua civilización histórica, en la cual el Soberano desempeñaba un gran papel, pues era considerado como el hijo y el vicario de Dios sobre la tierra y, con ese carácter, estaba encargado de la regularidad de los ritmos de la naturaleza y del bienestar de la sociedad. Así no sorprende el hecho de que el rey fuera la figura prominente en el Año Nuevo, ya que él tenía la misión de “regenerar los tiempos”.

En el curso de la ceremonia del akítu, que duraba doce días, se recitaba solemnemente el Enûma elish, o sea la “Épica de la Creación”. Este rito era, en realidad, una representación mímica del combate entre el dios Marduk y Tiamat, el monstruo del mar: batalla fabulosa que había tenido lugar “antes del comienzo de los años” y que había puesto fin al Caos, con la victoria final del dios. Marduk había creado el universo con los fragmentos del cuerpo destrozado de Tiamat y había creado al hombre con la sangre del demonio Kingu, el más poderoso aliado del monstruo marino. La conmemoración de este hecho era, en efecto, una reactualización de la Creación, o del acto cosmogónico, como la probaban los ritos y las frases cabalísticas que se recitaban durante la ceremonia.

Dos grupos de actores representaban con gestos apropiados el combate entre Tiamat y Marduk, y esta misma ceremonia se la vuelve a encontrar entre los hititas en los escenarios dramáticos montados con ocasión del Año Nuevo entre los egipcios y en Ras Shamra. El combate de estos grupos de comediantes no conmemoraba tan sólo el duelo original entre el dios y Tiamat sino que repetía y actualizaba la cosmogonía, era una versión contemporánea de la Creación, o, más claramente, la transición del Caos al Cosmos. El acontecimiento mítico era puesto al día, se volvía presente: “que siga Marduk venciendo a Tiamat y que abrevie sus días” decía el sacerdote que oficiaba en la ceremonia. En ese instante mismo, sucedían el combate, la victoria y la Creación.

Dentro del ceremonial del akítu se celebraba el zakmuk, “fiesta de los hados”, en la cual se determinaba la fortuna o la providencia para cada uno de los doce meses del año, lo que significaba crear los doce meses venideros. Al descendimiento de Marduk a los infiernos correspondía un período de luto y de ayuno de toda la comunidad y de “humillación” del rey, rito que formaba parte de un vasto sistema de carnaval. En esos momentos igualmente, se llevaba a cabo la expulsión de los pecados, transportados por la victima expiatoria. El ciclo se cerraba, finalmente, con el matrimonio sagrado entre el dios y la diosa Sarpanítum, ceremonia representada por el rey en persona en, compañía de una esclava al servicio del culto, en la cámara secreta del templo, y este rito coincidía probablemente con un período de orgía colectiva.

Los esclavos se convertían en amos

El Año Nuevo babilónico consistía, como se ve, en una serie de ritos destinados a abolir el tiempo’ pasado, restaurar el Caos primordial y representar de nuevo la creación del universo: (1) El primer acto representaba la dominación de Tiamat y marcaba una vuelta al período mítico anterior a la Creación. Este acto incluía la entronización del “Rey del Carnaval”, la “humillación” del verdadero soberano y la inversión completa del orden social (los esclavos se convertían en amos y viceversa). Cada uno de los números de esta fiesta sugiere la confusión universal, la abolición del orden y de la jerarquía, el triunfo de la orgía y el caos. (2) La creación del mundo, que había tenido lugar en los tiempos míticos, se volvía de actualidad cada año. (3) El hombre participaba directamente, aunque de manera limitada, en este proceso cosmogónico (combate entre los dos grupos de comediantes que personificaban a Marduk y a Tiamat). (4) La “fiesta de los hados” era también un símbolo suplementario de la Creación, ya que decidía el “destino” de cada mes. (5) El matrimonio ritual representaba el “renacimiento” del mundo y de la humanidad.

Se siembra en un cántaro al comenzar el Año Nuevo

Estos símbolos y ritos de Año Nuevo tienen su equivalente en todos los países del mundo oriental, en los tiempos antiguos. En todas partes se encuentra la misma idea central de una vuelta anual al Caos, seguida por una nueva Creación. Algunos vestigios del drama milenario que representa la victoria del dios sobre el monstruo marino encarnación del Caos se pueden percibir en el ceremonial del Año Nuevo judío, en la forma en que lo ha conservado el culto jerosolimitano. Estas ceremonias conmemoran el triunfo de Yahvé sobre el monstruo primigenio Rahab, personificación de la obscuridad y de la Muerte.

La repetición simbólica de la Creación, como parte de la festividad de Año Nuevo, se ha conservado hasta hoy entre los mándeos de Irak e Irán. Los Tatars acostumbran todavía comenzar el Año Nuevo plantando semillas en un cántaro lleno de tierra; esto lo hacen, según dicen, en recuerdo de la Creación. Este rito está en armonía con el sistema persa en general, ya que allí el Año Nuevo o Naurôz conmemora el día en que fueron creados el hombre y el mundo. El historiador árabe Albîrunî dice que “el renacimiento de la Creación» sucede en el día de Naurôz. El rey proclamaba en esta fecha: “Este es un nuevo día de un nuevo mes, de un nuevo año y hay que renovar todo lo usado por el tiempo”.

Fundándose en que el Año Nuevo repite la Cosmogonía, los doce días que existen entre la Navidad y la Epifanía se consideran aun hoy como llenos de presagios para los doce meses próximos. Los campesinos de Europa predicen el tiempo que hará en cada mes y su ración de lluvia sirviéndose de las condiciones meteorológicas que prevalecen durante esos doce días augúrales.

El Año Nuevo expresa el profundo anhelo que tiene el hombre de regenerarse, pero no aisladamente sino regenerando también el Tiempo y el Universo en su totalidad.

Mircea Eliade

Rumano de origen, reside actualmente en Francia. Es autor de una Historia de las Reuniones y de otros trabajos sobre Chamanismo, la filosofía de Yoga y el simbolismo primitivo. Su ensayo de interpretación sobre la humanidad de la Historia se ha publicado en francés bajo el título « Le Mythe du Retour Eternel » y se halla traducido al español: El mito del eterno retorno. Hay igualmente traducciones de esta obra filosófica en alemán, inglés, italiano, portugués y sueco.

“Reproducido del Correo de la UNESCO” 2017 Octubre Diciembre.

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