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Correo UNESCO: La feria anual de los presagios

El pan de especias del norte de Croacia se utiliza como decoración navideña y se ofrece como regalo. Se inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010. © Ministry of Culture, Republic of Croatia

Imaginemos a Calígula esperando los presentes de las fiestas del nuevo año en el vestíbulo de su palacio, o a la reina Isabel I de Inglaterra dando saltos de alegría ante las medias de seda y las ligas que le regalaba la nobleza… Claude Lévi-Strauss recurre a una serie de anécdotas para remontarse a los orígenes del regalo y mostrar su función social

Por Claude Lévi-Strauss

La historia de los aguinaldos de Año Nuevo es sencilla y complicada a la vez. Es sencilla si nos limitamos a interpretar el sentido general de la costumbre y para comprenderla no hay, sino que recordar la fórmula de Año Nuevo en el Japón: oni wa soto-fuku wa uchi (¡Fuera los demonios! ¡Que venga la buena suerte!) El Año Viejo debe desaparecer llevando consigo la mala suerte. Así, la riqueza y la felicidad de un día, originadas por el intercambio de regalos, constituyen un presagio y casi un conjuro mágico para que el nuevo año se matice con los más vivos colores.

Desde ese punto de vista, la fórmula japonesa corresponde a las imágenes que empleaba Ovidio cuando describía en el primer libro de “Los Fastos” las costumbres romanas de la festividad de Jano que se ha convertido en nuestro primero de enero, aunque durante largo tiempo, en la misma Roma imperial, esta fecha no señalaba el comienzo del año. “¿Qué significan pregunta el poeta a Jano los dátiles, los higos secos y la miel diáfana ofrecida en un vaso blanco?” Y el dios le contesta: “Es un buen presagio, y con esas ofrendas se desea que los acontecimientos tomen su mismo sabor…” También cuenta Ovidio que el día primero de año, los comerciantes se comprometían a abrir un momento sus tiendas para efectuar algunas transacciones que serían un buen augurio de negocios prósperos durante el año. Los franceses han mantenido curiosamente esta tradición pero a la inversa, empleando el verbo “estrenar” (étrenner) para la primera venta de los días ordinarios.

Es difícil encontrar el origen exacto de la costumbre de los aguinaldos de Año Nuevo en el mundo occidental. Entre los antiguos celtas, los Druidas celebraban una ceremonia en la época que corresponde a nuestro primero de enero. Cortaban el muérdago de las encinas, considerado como planta mágica y protectora, y lo distribuían entre los pobladores de la región. A causa de esta costumbre, en ciertos lugares de Francia, se daba hasta hace poco a los regalos de Año Nuevo el nombre de “guy-l’an-neuf” (muérdago del Año Nuevo), que se transformaba a veces en “aguignette” o aguinaldo.

Los regalos de Año Nuevo parecen haber conservado durante largo tiempo las huellas de su doble origen de costumbre pagana y rito romano. No se puede comprender de otra manera que hayan sido vanos los esfuerzos hechos por la Iglesia, durante la Edad Media, para abolidos como supervivencia de la barbarie.

Pero en aquellos tiempos feudales, los regalos no eran solamente un homenaje que rendían los campesinos periódicamente a su señor, en forma de capones, queso fresco y frutas en conserva. Ni se reducían tampoco a ofrendas simbólicas: naranjas o limones tachonados de clavos de olor, que solían colgarse como talismanes encima de las jarras de vino para que éste no se volviese agrio, o en ocasiones nuez moscada, envuelta en papel dorado. Los regalos eran algo más: formaban parte de un conjunto más vasto, del cual no estaba excluido el ganado, en algunas regiones de Europa, puesto que se le hacía la ofrenda de fumigaciones de enebro.

Tal como hoy se conciben, los regalos de Año Nuevo no son un vestigio de esas costumbres populares antiguas, sino más bien como sucede a menudo en las modernas, el resultado de la democratización de un rito noble.

Se sabe que en Inglaterra la reina Isabel I contaba con los regalos de Año Nuevo para rehacer su peculio y su guardarropa: los obispos y arzobispos le daban de 10 a 40 libras cada uno; los nobles le ofrecían vestidos, faldas de todas clases, medias de seda, ligas, abrigos y pieles, y sus médicos y boticarios le enviaban presentes tales como cofrecillos preciosos, tarros de jengibre y flor de azahar y otras golosinas.

Durante el Renacimiento europeo, los alfileres de metal llegaron a ser el regalo favorito de Año Nuevo, ya que eran de una gran novedad, pues hasta el siglo XV las mujeres no usaban más que enfaldadores de madera para sujetar sus vestidos. En cuanto a las tarjetas de Año Nuevo adornadas con letras floridas e imágenes, su uso era general desde Europa hasta el Japón. “Algunos escriben su amor en letras de oro” dice un poeta inglés del siglo XVII. En Francia, las tarjetas de Año Nuevo ilustradas estuvieron en boga hasta la Revolución.

Para comprender la persistencia y la generalización de los regalos de Año Nuevo es necesario ir más allá de la anécdota y penetrar en el sentido profundo de su institución. “La manera de dar, vale más que lo que se da” suele decirse en Francia. Todas las sociedades salvajes o civilizadas, parecen estar convencidas de que tiene más valor lo que se adquiere por donación que lo que se obtiene por el propio esfuerzo. Es como si un valor suplementario se añadiese al objeto por el solo hecho de que se lo ha aceptado u ofrecido como regalo. Los indígenas maorís de Nueva Zelanda habían elaborado una teoría sobre este punto; Según ellos, una fuerza mágica, llamada hau, se introducía en el regalo y ligaba para siempre al donador con el donador.  El otro extremo del mundo, la leyenda romana de los aguinaldos parece inspirarse en una idea semejante. Los primeros aguinaldos fueron ofrecidos en forma de ramas verdes al rey sabino Tacio, que compartía el poder soberano con Rómulo. Esas ramas habían sido cortadas en el bosque sagrado de la diosa Strenia, de donde proviene el nombre latino de strenae.

Strenia era diosa de la fuerza. Así, para los latinos como para los maorís, los regalos son objetos, que, por su naturaleza, poseen una fuerza particular. ¿De dónde viene esta fuerza? Al imponerse la obligación de recibir de los otros, en un período del año, ciertos bienes cuyo valor es a menudo simbólico, los miembros del grupo social ponen de manifiesto la esencia misma de la vida colectiva que consiste en una interdependencia libremente aceptada. No ejercitemos pues, nuestra ironía sobre esta gran feria anual, en la que flores, golosinas, corbatas y tarjetas ilustradas no hacen más que cambiar de mano, ya que en tal ocasión y por estos medios significativos, aunque modestos, la sociedad entera se vuelve consciente de su propia naturaleza que es la ayuda mutua.

“Reproducido del Correo de la UNESCO” 2017 Octubre Diciembre

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