
No todas nacieron para convertirse en patrimonio. Muchas surgieron para nombrar un territorio, transmitir un conocimiento, defender una comunidad, registrar una deuda, recordar una genealogía, enseñar una lengua o dejar constancia de una injusticia
Hay palabras que han viajado durante siglos para llegar hasta nosotros. Algunas fueron trazadas con tinta sobre papel de corteza. Otras quedaron anudadas en fibras de algodón y lana. Algunas fueron talladas en piedra, dibujadas sobre lienzos, impresas en pequeñas imprentas ambulantes o pronunciadas frente a una cámara y conservadas en cintas, discos y fotografías
Hoy, esos documentos forman parte de una conversación mayor: la que América Latina y el Caribe mantiene con su propia memoria.
El Programa Memoria del Mundo de la UNESCO nació de una convicción sencilla y, al mismo tiempo, profundamente política: la memoria documental pertenece a la humanidad y su pérdida empobrece a todas las sociedades.
En esta región, el Registro Regional de Memoria del Mundo para América Latina y el Caribe —MoWLAC— reconoce acervos de valor excepcional y contribuye a protegerlos, visibilizarlos y hacerlos accesibles para las generaciones presentes y futuras.
Dentro de ese gran mapa documental, la memoria de los pueblos indígenas ocupa un lugar fundamental. Al menos 40 inscripciones del Registro Regional se relacionan directamente con su historia, sus lenguas, sus derechos, sus territorios y sus expresiones culturales.
En conjunto, hacen referencia a más de 60 pueblos y a por lo menos 15 lenguas indígenas. Abarcan siglos de historia y una extraordinaria diversidad de soportes: códices, vocabularios, diccionarios, manuscritos, mapas, quipus, expedientes judiciales y administrativos, fotografías, películas, grabaciones sonoras y registros audiovisuales.
No constituyen una colección uniforme. Algunos documentos fueron creados por autores, escribas y comunidades indígenas; otros fueron producidos por misioneros, funcionarios, exploradores, antropólogos o instituciones estatales.
Unos preservan la voz de los pueblos; otros muestran la mirada que el poder proyectó sobre ellos. Leídos críticamente, todos permiten reconocer presencias que durante demasiado tiempo fueron reducidas a notas al margen de la historia oficial.
Esta tarea adquiere una urgencia especial durante el Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas 2022–2032, liderado por la UNESCO.
Una lengua no es solamente un medio para transmitir información: es una manera de comprender el tiempo, relacionarse con el territorio, clasificar la naturaleza, cuidar la salud, organizar la comunidad y explicar el origen del mundo. Cuando una lengua se debilita, no desaparecen únicamente palabras; puede desaparecer una biblioteca entera de conocimientos, vínculos y posibilidades de futuro.
Por eso, Memoria del Mundo y el Decenio se encuentran en un mismo horizonte. Preservar un manuscrito en guaraní, un vocabulario chiquitano, un diccionario mosetén o una carta en maya yucateco no significa encerrar una lengua en una vitrina. Significa conservar una huella capaz de alimentar procesos de investigación, educación, transmisión intergeneracional y revitalización. Significa recordar que las lenguas indígenas no son vestigios: son lenguas del presente y tienen derecho al futuro.
I. Semillas de voz: las lenguas que sobrevivieron en la página
En ocasiones, una lengua queda resguardada en un libro como una semilla durante una larga estación seca. Parece inmóvil, pero conserva dentro de sí una arquitectura del mundo.
El Vocabulario de la lengua guaraní, impreso en 1722 en la reducción jesuítico-guaraní de Santa María La Mayor, pertenece a los primeros impresos del Río de la Plata. Fue producido en el contexto de una imprenta nativa, ambulante, activa entre 1700 y 1727. Su historia está atravesada por la evangelización colonial, pero también por el conocimiento tipográfico indígena y por la inscripción escrita de una lengua que continúa viva, es oficial en Paraguay y se enseña en comunidades de Paraguay y Argentina. El volumen permite leer, al mismo tiempo, la marca del proyecto misionero y la persistencia cultural del guaraní.
En Bolivia, el Arte de la lengua Moxa de Pedro Marbán, incorporado al Registro Regional en 2022, reúne 866 páginas dedicadas a una lengua de la familia arawak. Concebida originalmente como una herramienta de comunicación, enseñanza y evangelización en un territorio de enorme diversidad lingüística, la obra conserva hoy información decisiva sobre el moxeño y sobre un universo cultural amazónico que desborda las fronteras nacionales.
También en Bolivia, los volúmenes gramaticales y lexicográficos atribuidos al padre Ignacio Chomé, entre ellos el vocabulario de la lengua chiquita, testimonian un esfuerzo temprano por comprender y sistematizar una lengua indígena. Junto con el Diccionario castellano-moseteno y moseteno-castellano de Covendo, de 1874, muestran que cada repertorio de palabras es también un mapa de relaciones: entre personas y paisajes, entre mundos indígenas y agentes coloniales, entre oralidad y escritura.
La dimensión más dramática de esta historia aparece en la inscripción mexicana Preservación de la memoria lingüística: manuscritos en lenguas indígenas extintas resguardados en la Biblioteca Nacional. Allí, dos libros coloniales conservan textos en lenguas que dejaron de hablarse con posterioridad. Sus páginas son, a la vez, testimonio y advertencia: una lengua puede sobrevivir documentalmente después de haber perdido a su comunidad de hablantes, pero un archivo nunca sustituye la vida cotidiana de una lengua.
La preservación documental adquiere verdadero sentido cuando vuelve a encontrarse con las personas: cuando las comunidades acceden a los acervos, los interpretan desde sus propios conocimientos, los incorporan a la educación y deciden cómo deben ser descritos, digitalizados y compartidos. La página puede proteger una semilla; solo una comunidad puede hacerla germinar.
II. La escritura antes del alfabeto: mundos dibujados, tejidos y anudados
La historia de la escritura no cabe en una sola forma de escribir.
Mucho antes y también después de la llegada del alfabeto europeo, los pueblos de América registraron la memoria mediante colores, glifos, fibras, orientaciones espaciales, imágenes y nudos. Reconocer esas formas como patrimonio documental amplía nuestra idea de lo que significa leer.
Los Códices del Marquesado del Valle de Oaxaca, elaborados por tlacuilos indígenas sobre papel de agave, conservaron sistemas de representación que sobrevivieron a la destrucción de gran parte de los documentos prehispánicos.
El Códice Techaloyan de Cuajimalpa, escrito en náhuatl y compuesto por pictografías, mapas, censos y descripciones ecológicas, no solo representa una comunidad: sitúa la memoria sobre la tierra y convierte el territorio en texto.
La Colección de códices originales mexicanos y las Pictografías de los siglos XVI al XVIII preservan genealogías, tributos, topónimos, caminos y concepciones indígenas del espacio. En muchos de esos mapas, la orientación responde al movimiento del sol y no a las convenciones cartográficas europeas. Mirarlos exige aprender otra gramática visual: el paisaje no aparece como una superficie vacía que debe medirse y poseerse, sino como una trama de recorridos, historias y pertenencias.
El Lienzo de Quauhquechollan, por su parte, narra en un gran mapa nahua la participación de conquistadores indígenas en las campañas sobre Guatemala y El Salvador. Su existencia complejiza cualquier relato lineal de la Conquista: muestra alianzas, desplazamientos y decisiones indígenas que las narraciones simplificadas suelen borrar.
En los Andes, los khipus —palabra que en quechua significa “nudo”— recuerdan que también se puede escribir con fibras. La base de datos Khipu reconocida por MoWLAC reúne información electrónica sobre cientos de estos frágiles dispositivos de registro dispersos en museos de tres continentes. Cada cuerda, color, torsión y nudo abre una puerta hacia los sistemas administrativos y cognitivos del mundo inca.
Y en Quiriguá, Guatemala, la escritura se vuelve monumento. Trece esculturas de la antigua ciudad maya Ik’Naahb’ conservan casi 60 años de historia en piedra: fechas, acontecimientos astronómicos, pasajes mitológicos y sucesos políticos y sociales ocurridos entre 751 y 805 d. C. Allí, la ciudad entera parece convertirse en archivo. La piedra no permanece muda: espera a quien aprenda a escucharla.
III. La tierra recuerda: mapas, nombres y documentos que todavía reclaman justicia
Para los pueblos indígenas, el territorio no es solamente una extensión geográfica. Es memoria, parentesco, subsistencia, espiritualidad y futuro. Por eso, numerosos documentos del Registro Regional pueden leerse como archivos de una disputa aún abierta: ¿quién nombra la tierra?, ¿quién establece sus límites?, ¿quién tiene derecho a habitarla y transmitirla?
El Códice Techaloyan contiene la topografía, la ecología y las tierras de una comunidad del valle de México. El Repartimiento de tierras por el Inca Huayna Kapac, conservado en Bolivia, registra la defensa de comunidades de Paria frente a una distribución colonial que favorecía a encomenderos españoles. En el litigio, los pueblos recurrieron a hitos y repartimientos anteriores, realizados según una lógica territorial andina. La memoria del territorio se convirtió así en argumento jurídico.
La Visita de tierras de Gerónimo Luis de Cabrera y Juan Segura Dávalos de Ayala reúne 163 expedientes sobre la composición de tierras en provincias próximas al Titicaca. Sus páginas documentan negociaciones y reordenamientos cuyas consecuencias materiales y simbólicas persisten. Además, conservan algunos de los pocos registros onomásticos y toponímicos de la lengua puquina, hoy desaparecida: nombres que funcionan como fósiles vivos de un paisaje lingüístico transformado.
En Chile, el Fondo documental de la Comisión Radicadora de Indígenas da cuenta de la anexión del territorio mapuche, los procesos de radicación y la transformación de la propiedad indígena entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Estos documentos nacieron dentro de una maquinaria estatal de delimitación y control; hoy son fuentes fundamentales para comprender el despojo, reconstruir trayectorias territoriales y sostener investigaciones y demandas.
El Mapa Etno-Histórico de Curt Nimuendajú, reconocido en 2025, lleva esta relación entre lenguas, pueblos y territorio a una escala continental. Reúne información sobre alrededor de 1.400 grupos indígenas y 41 familias lingüísticas, y hace visibles tanto la ocupación y movilidad de los pueblos como los desplazamientos provocados por la colonización y la consolidación de los Estados. Visto en conjunto, el mapa no dibuja un espacio vacío antes de las fronteras: revela un continente ya nombrado, recorrido y pensado.
Los archivos, en estos casos, no resuelven por sí solos las deudas históricas. Pero pueden impedir que el despojo sea seguido por una segunda pérdida: la del recuerdo de que hubo otros límites, otros nombres y otros derechos.
IV. Escribir frente al poder: memoria, violencia y resistencia
Hay documentos que no se limitan a contar la historia: discuten con ella.
La Nueva crónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala, manuscrito autógrafo de unas 1.200 páginas y cerca de 400 ilustraciones, ofrece una perspectiva indígena excepcional sobre la sociedad andina, el dominio inca, la Conquista y los abusos del régimen colonial. Su autor utilizó las herramientas de la escritura colonial para denunciar a la propia colonia. El resultado es una obra que atraviesa los siglos como una carta que todavía interpela al poder.
En México, la Correspondencia de la Guerra de Castas de Yucatán reúne 185 cartas y comunicados intercambiados entre 1847 y 1866: 78 están escritos en maya yucateco y 107 en español. En ellos, la lengua maya no aparece como objeto de estudio, sino como lengua política, capaz de negociar, organizar, exigir y narrar una de las mayores rebeliones indígenas de América Latina. Son documentos escritos desde el conflicto, no después de él.
Los Acuerdos de Paz de Guatemala de 1996 guardan la memoria de la salida negociada a un conflicto armado interno que dejó cientos de miles de personas muertas o desaparecidas y comunidades enteras desplazadas. Entre sus contenidos se encuentran el esclarecimiento de violaciones de derechos humanos, el reasentamiento de comunidades y el reconocimiento de la identidad y los derechos de los pueblos indígenas. Su inscripción recuerda que la paz también necesita archivos: pruebas para conocer, compromisos para exigir y palabras públicas contra el olvido.
Otros fondos muestran la violencia inscrita en la administración cotidiana.
Las Tasas de los indios de la Corona Real, realizadas en Potosí en 1575, detallan población, tributos y productividad tras las reformas coloniales.
El Expediente sobre el traslado forzado de indígenas de Puno a Potosí para trabajar en minas e ingenios, de 1745, revela la logística del trabajo forzado y la explotación de los mitayos. Lo que en su origen fue contabilidad del poder puede convertirse hoy, mediante una lectura crítica, en evidencia histórica de las vidas que ese poder intentó reducir a cifras.
Preservar estos documentos no significa legitimar el lenguaje ni las categorías con que fueron producidos. Significa conservar la posibilidad de interrogarlos, contrastarlos con las memorias comunitarias y leer también sus silencios.
Descolonizar un archivo no consiste en borrar sus contradicciones, sino en hacer visibles las relaciones de poder que lo crearon y ampliar la autoridad de quienes pueden interpretarlo.
V. Cuando la memoria tiene cuerpo: música, danza, fotografía y cine
No toda memoria cabe en una página. Algunas historias necesitan un ritmo, un gesto, una mirada o el movimiento de un cuerpo para transmitirse.
La colección mexicana 50 encuentros de música y danza indígena, 1977–1982 documenta expresiones de 45 pueblos: 117 danzas y más de 1.200 manifestaciones musicales interpretadas por 14.297 artistas indígenas. Frente al riesgo de desaparición de algunas prácticas, los registros sonoros, fotográficos y audiovisuales conservan no solo repertorios, sino formas colectivas de ocupar el espacio y producir pertenencia.
Los Documentos musicales etnográficos de Sudamérica, incorporados al Registro Regional en 2025, reúnen el resultado de 199 viajes de investigación realizados entre 1931 y 2008. Discos, cintas, casetes, fotografías, películas, videos y miles de documentos textuales registran prácticas sonoras de más de 32 pueblos indígenas y poblaciones rurales de numerosos países sudamericanos. El conjunto demuestra que un archivo también puede escucharse.
La Colección Jesco von Puttkamer conserva alrededor de 137.000 imágenes y registros audiovisuales y sonoros producidos durante cuatro décadas en la Amazonía. Incluye testimonios relacionados con cerca de 60 pueblos indígenas. Su valor es inmenso, pero también plantea preguntas necesarias: ¿quién estaba detrás de la cámara?, ¿cómo fueron nombradas las personas retratadas?, ¿qué participación tienen hoy las comunidades en la descripción, contextualización y circulación de esas imágenes?
Las fotografías del pueblo Ava-Guaraní, tomadas entre 1976 y 2007, documentan vida familiar, economía, espiritualidad, migraciones, conexión con la tierra y lucha por el reconocimiento territorial. La colección sobre la memoria histórica y cultural del pueblo Apinajé, en Brasil, articula unas 3.000 fotografías producidas desde diferentes miradas a lo largo de casi cinco décadas. Ambas permiten observar continuidades y transformaciones, pero su mayor potencial aparece cuando las imágenes regresan a las comunidades y activan nombres, historias y conocimientos que ninguna ficha técnica podría contener por sí sola.
El cine aporta otra forma de presencia. El legado de Jorge Ruiz, pionero del cine boliviano e indigenista andino, reúne 83 títulos y registra pueblos y territorios desde una mirada social y poética. Obras como Vuelve Sebastiana contribuyeron a colocar experiencias indígenas en el centro de la pantalla latinoamericana. Sin embargo, el desafío contemporáneo va más allá de aparecer en la imagen: supone fortalecer las condiciones para que los pueblos indígenas creen sus propias imágenes y ejerzan soberanía sobre sus relatos.
VI. El bosque también es un libro: conocimientos para cuidar la vida
Las lenguas indígenas contienen conocimientos acumulados durante generaciones sobre plantas, animales, ciclos del agua, suelos, alimentos y formas de cuidado. Separar una lengua de su territorio equivale muchas veces a separar una palabra de aquello que le da sentido.
El Tratado de Quinología, publicado en 1792, documenta especies y usos medicinales de la quina en los Andes. La obra recoge métodos de preparación empleados por pueblos indígenas y jesuitas entre territorios de las actuales Bolivia y Ecuador. Como muchos tratados científicos coloniales, plantea una pregunta que sigue vigente: ¿cómo reconocer la contribución indígena a conocimientos que luego circularon bajo nombres y autoridades europeas?
El Cocinero Mexicano, del siglo XIX, reúne técnicas, ingredientes y vocabularios indígenas junto con influencias españolas, francesas y criollas. Sus páginas muestran que las identidades nacionales también se cocinaron mediante encuentros, apropiaciones y permanencias culturales. Una receta puede ser un archivo: conserva nombres, sabores, tecnologías y maneras de relacionarse con la biodiversidad.
Los códices y mapas aportan censos, descripciones ecológicas, rutas y topónimos. Las fotografías amazónicas registran prácticas productivas, espirituales y territoriales. Los diccionarios conservan categorías que quizá no tienen equivalencia exacta en castellano o portugués. Leídos en conjunto, estos documentos recuerdan que la diversidad lingüística y la diversidad biológica no son historias separadas: ambas dependen de relaciones duraderas entre comunidades y territorios.
En tiempos de crisis climática y pérdida acelerada de biodiversidad, proteger la memoria indígena no es únicamente un acto de justicia hacia el pasado. Es una inversión en la capacidad colectiva de imaginar otras formas de habitar el planeta.
Un archivo con las puertas abiertas
Los registros de Memoria del Mundo relacionados con los pueblos indígenas forman una constelación: ninguna pieza cuenta por sí sola toda la historia, pero juntas alteran el cielo de lo que una región reconoce como su memoria común.
Esa constelación contiene belleza y creación, pero también evangelización, desplazamiento, explotación y resistencia. Contiene voces indígenas directas y documentos escritos sobre los pueblos desde instituciones ajenas. Contiene lenguas plenamente vivas, lenguas amenazadas y lenguas que solo pueden ser escuchadas ya a través de sus últimos testimonios escritos. Precisamente por esa complejidad, estos acervos no deben ser convertidos en una imagen idealizada del pasado.
El desafío del presente es pasar de una memoria sobre los pueblos indígenas a una memoria construida y gobernada con ellos. Esto implica impulsar su participación en las nominaciones, la catalogación y la interpretación de los acervos; respetar protocolos culturales y restricciones de acceso cuando existan contenidos sensibles; facilitar la restitución digital y el acceso en los territorios; producir descripciones en lenguas indígenas; apoyar la formación de jóvenes archivistas y comunicadores indígenas; y conectar los documentos históricos con proyectos contemporáneos de revitalización lingüística.
El Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas nos recuerda que el tiempo de actuar es ahora. Cada lengua que se fortalece amplía las posibilidades de la humanidad. Cada archivo que se abre de manera responsable puede convertirse en una escuela, un espacio de reconocimiento y una herramienta para ejercer derechos.
Memoria del Mundo no mira únicamente hacia atrás. Protege aquello que las sociedades necesitarán para comprenderse mañana.
Porque una lengua preservada no es una voz detenida en el pasado. Es un puente entre quienes nombraron el mundo antes que nosotros y quienes todavía están por llegar. Y cuando un pueblo puede volver a leer sus palabras, escuchar sus cantos, reconocer sus territorios y narrar su historia con su propia voz, la memoria deja de ser solamente un registro.
Datos clave
Al menos 40 inscripciones del Registro Regional MoWLAC se vinculan con la memoria, las lenguas, los derechos, los territorios y las expresiones culturales de los pueblos indígenas. En conjunto, hacen referencia a más de 60 pueblos y al menos 15 lenguas indígenas de América Latina y el Caribe.
Los acervos incluyen códices, lienzos, diccionarios, vocabularios, manuscritos, quipus, mapas, expedientes, fotografías, películas y grabaciones sonoras.
El Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas 2022–2032, liderado por la UNESCO, promueve acciones para preservar, revitalizar y fortalecer estas lenguas y los derechos de quienes las hablan.
Acerca de la UNESCO
Con 194 Estados Miembros, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura contribuye a la paz y la seguridad liderando la cooperación multilateral en materia de educación, ciencia, cultura, comunicación e información. Con sede en París, la UNESCO tiene oficinas en 54 países y emplea a más de 2300 personas. La UNESCO supervisa más de 2000 sitios del Patrimonio Mundial, Reservas de Biosfera y Geoparques Mundiales, redes de Ciudades Creativas, Educativas, Inclusivas y Sostenibles y más de 13 000 escuelas asociadas, cátedras universitarias e instituciones de formación e investigación con una red mundial de 200 Comisiones Nacionales. Su Director General es Khaled El-Enany.
«Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» – Constitución de la UNESCO, 1945.





